
Opinión | El Gobierno de Pedro Sánchez afronta una legislatura marcada por los escándalos, las investigaciones, las alianzas imposibles y una política cada vez más alejada de los problemas reales de los ciudadanos. Pero el problema no termina en Moncloa: afecta a una clase política que ha convertido el «y tú más» en su principal argumento.
Hay un momento en el que la política deja de ser política. Deja de hablar de hospitales, colegios, empleo, vivienda o pensiones. Deja de hablar de cómo mejorar la vida de la gente y empieza a hablar exclusivamente de poder: de quién aguanta, quién cae, quién pacta, quién rompe y quién consigue mantenerse un mes más.
España lleva demasiado tiempo instalada en ese escenario. Y Pedro Sánchez ha convertido la supervivencia política en una auténtica disciplina de Estado.
No es una cuestión de simpatías ni de ideología. Es una cuestión mucho más sencilla: ¿para qué sirve un Gobierno si dedica buena parte de sus esfuerzos a explicar por qué debe seguir gobernando en lugar de explicar cómo pretende mejorar la vida de los ciudadanos?
La pregunta resulta incómoda. Precisamente por eso conviene hacerla.
El Gobierno atrapado en sus propias explicaciones
Los últimos años han dejado una sucesión interminable de nombres, investigaciones y polémicas alrededor del PSOE y de su entorno: Ábalos, Koldo, Cerdán, Leire Díez y las investigaciones que afectan al entorno familiar del presidente.
Cada caso tiene sus circunstancias, sus responsabilidades y, en algunos casos, procedimientos judiciales abiertos. Y conviene repetir algo que debería ser obvio: estar investigado no significa estar condenado.
Pero tampoco significa que haya que mirar hacia otro lado.
La responsabilidad penal corresponde a los tribunales. La responsabilidad política corresponde a los políticos. Y ahí está una de las grandes trampas de nuestra democracia: confundir ambas cosas.
Un presidente puede no haber cometido ningún delito y, sin embargo, tener que responder políticamente por las personas que ha elegido, promocionado o mantenido a su alrededor. Eso no es persecución. Eso es política.
Lo que resulta difícil de aceptar para el ciudadano es que, cada vez que aparece un nuevo escándalo, la respuesta sea prácticamente idéntica: no sabía nada, no tenía conocimiento, se trata de una persona concreta, todo se aclarará y hay que dejar trabajar a la Justicia.
Por supuesto que hay que dejar trabajar a la Justicia. Pero mientras los jueces trabajan, los gobiernos también tienen que asumir responsabilidades.
El país del «y tú más»
Y aquí Sánchez no está solo. Ese es el problema.
La política española se ha convertido en una competición para determinar quién tiene más cadáveres políticos en el armario.
El PSOE señala al PP. El PP señala al PSOE. Vox señala a ambos. Los independentistas señalan a Madrid y Madrid responde señalando a los independentistas.
Mientras tanto, el ciudadano observa el espectáculo preguntándose qué demonios tiene que ver todo aquello con llegar a fin de mes.
La corrupción, además, se ha convertido en una cuestión de camiseta. Cuando afecta al adversario, es un escándalo. Cuando afecta a los nuestros, prudencia. Cuando condenan al otro, independencia judicial. Cuando investigan a los nuestros, persecución política.
Y así llevamos años.
La doble vara de medir se ha convertido en uno de los grandes cánceres de nuestra política.
La política como estrategia
Sánchez es, probablemente, uno de los políticos españoles que mejor ha entendido una nueva realidad: en política ya no basta con gobernar; también hay que controlar el relato.
Y el relato lo ocupa todo.
Cada declaración tiene una estrategia. Cada comparecencia tiene un objetivo. Cada pacto tiene una explicación. Cada rectificación tiene una justificación.
Lo que ayer era una línea roja puede dejar de serlo mañana. Lo que ayer era imposible puede convertirse mañana en una necesidad de Estado. Y siempre aparece una explicación.
El problema no es cambiar de opinión. Un gobernante sensato tiene derecho a hacerlo cuando cambian las circunstancias. El problema es hacerlo tantas veces que el ciudadano termina preguntándose si alguna vez hubo realmente una convicción detrás.
Porque gobernar no debería consistir en calcular qué decisión permite conservar más votos. Debería consistir en tomar decisiones, incluso cuando algunas puedan resultar impopulares.
Mientras ellos discuten, la gente espera
Hay una España que no aparece suficientemente en las ruedas de prensa.
La España de quien busca un alquiler y descubre que no puede pagarlo. La del joven que retrasa su emancipación. La del trabajador que ve cómo una parte cada vez mayor de su sueldo desaparece antes de llegar a final de mes. La del autónomo que tiene que pelear con la burocracia, los impuestos y los costes. La del pequeño empresario que no tiene un gabinete jurídico detrás. La del ciudadano que espera una cita médica.
Esa España no tiene asesores de comunicación. No tiene un equipo de redes sociales. No tiene un argumentario preparado.
Tiene problemas.
Y está empezando a estar harta.
Porque mientras los políticos discuten durante horas sobre quién dijo qué, quién pactó con quién y quién insultó primero, hay problemas que siguen exactamente donde estaban.
El Congreso convertido en plató
El Parlamento debería ser uno de los lugares más serios del país. Sin embargo, demasiadas veces parece un plató de televisión.
Frases diseñadas para convertirse en titulares. Intervenciones pensadas para las redes sociales. Aplausos de los propios. Abucheos del contrario. Gestos para las cámaras.
Una competición permanente para ver quién consigue humillar más al adversario.
El ciudadano contempla todo aquello desde su teléfono móvil y probablemente se hace una pregunta que ningún político quiere escuchar:
¿Y esto quién lo paga?
La respuesta es sencilla: lo pagamos nosotros.
Sánchez no es el problema completo
Y aquí conviene hacer una distinción.
Criticar a Sánchez no significa absolver al resto. Ser crítico con el Gobierno no convierte automáticamente a la oposición en una alternativa magnífica.
Y ahí está otra de las miserias de nuestra política.
Demasiados partidos parecen estar esperando simplemente a que el contrario se estrelle. No quieren convencer; quieren heredar el poder. No quieren explicar únicamente qué harán; quieren demostrar que el otro es peor.
Y así es imposible construir un país.
Porque una democracia sana necesita Gobierno, pero también necesita oposición. Necesita instituciones independientes. Necesita medios capaces de investigar al poder, independientemente de quién gobierne. Necesita jueces que puedan actuar sin miedo. Y necesita ciudadanos capaces de criticar a los suyos.
Esto último parece haberse convertido en una rareza.
La corrupción no tiene color
Hay una regla que debería ser innegociable.
Si un socialista roba, que responda.
Si un popular roba, que responda.
Si un nacionalista roba, que responda.
Si un ministro roba, que responda.
Si un empresario soborna, que responda.
Y si alguien es inocente, que no sea condenado públicamente antes de tiempo.
Tan sencillo como eso.
No necesitamos tribunales de Twitter. No necesitamos linchamientos. No necesitamos campañas de odio.
Necesitamos Justicia.
Y necesitamos responsabilidad política.
¿Cuánto más puede aguantar el ciudadano?
La pregunta ya no debería ser solamente cuánto puede aguantar Sánchez. La pregunta es cuánto puede aguantar España.
Porque una democracia se deteriora cuando la ciudadanía deja de confiar en sus instituciones. Cuando piensa que todos los políticos son iguales. Cuando cree que votar no sirve para nada. Cuando considera que las promesas son simples herramientas electorales. Cuando piensa que la corrupción depende del partido al que votes. Y cuando empieza a asumir que nadie pagará políticamente por nada.
Eso es mucho más peligroso que cualquier crisis parlamentaria.
Porque una sociedad desencantada no deja de tener problemas. Simplemente deja de creer que la política pueda solucionarlos.
Basta de tomarnos por tontos
Los ciudadanos no somos idiotas.
Podemos equivocarnos. Podemos votar distinto. Podemos cambiar de opinión. Podemos defender ideas diferentes. Pero sabemos reconocer cuándo nos están intentando vender humo.
Y quizá ese sea el mayor error de nuestra clase política: haber confundido durante demasiado tiempo la paciencia de la gente con su ingenuidad.
España no necesita políticos perfectos. Eso no existe.
Necesita políticos que reconozcan sus errores, que den explicaciones, que no conviertan cada investigación en una guerra partidista, que no utilicen las instituciones como trincheras y que no confundan el interés de su partido con el interés general.
Y, sobre todo, que recuerden algo elemental:
El poder no les pertenece.
Ni a Sánchez. Ni a Feijóo. Ni a Abascal. Ni a ningún otro.
El poder pertenece a los ciudadanos. Ellos simplemente lo administran durante un tiempo.
Y cuando ese tiempo termina, deberían tener la obligación moral de mirar atrás y poder decir que hicieron algo más que sobrevivir.
Porque España no necesita políticos expertos en resistir.
Necesita políticos capaces de gobernar.
Y si no están a la altura, que no se sorprendan cuando la ciudadanía deje de aplaudir y empiece, sencillamente, a pasarles factura.